domingo 24 de julio de 2011

0. Donde todo termina / abre las alas.

De pronto, alguien me alcanzó una copa y me pidió que «dijera unas palabras». Todos guardaron silencio y yo pensé en lo que, hasta entonces, me había pasado. No hacía mucho que había llegado a esa casa enorme, llena de habitaciones y pasadizos. A poco de llegar, descubrí que tanta ceremonia no se debía a la presentación de mi soñado primer libro (y con razón, pues no recordaba haberlo escrito jamás), sino a una exposición de varios cuadros que, increíblemente, yo había pintado (ni qué decir sobre mi relación con las artes plásticas, ¿verdad?). Me hubiese gustado ver alguno, claro: los había por todas partes, a partir del hall en adelante. Pero desde que mis papás me abrieron la puerta principal, no hice otra cosa que dejarme arrastrar, maravillado y sin entender nada, por todos los brazos que me llevaban de un lado a otro. No demoré mucho en darme cuenta de que yo era, a la vez, el anfitrión y el invitado de honor, la persona más importante de la ceremonia. Cada tres pasos era abordado por amigos a los que veo muy poco, por muy poco tiempo o nunca. Algunos familiares que me vieron por última vez cuando era un niño, no dejaban de repetir que qué grande estoy y que mi mamá parece mi hermana. Había música en vivo: una orquesta de salsa (si les digo cuál no me van a creer), instalada en la sala central, tocaba boleros e improvisaba algo de latin jazz, lo que daba al lugar un ambiente festivo que me fascinaba. Mi abuela, la mamá de mi mamá, controlaba a todos sus nietos pequeños para que no tomaran de las bandejas más dulces de los debidos. Nadia iba a mi lado, contándome quiénes habían asistido y quiénes estaban por venir, hablándome de regalos que ella sabía que me volverían loco (una camiseta de fútbol con mi apellido y el número 11 estampados en la espalda, una boina negra, una caja de chocolates, por ejemplo) y que había mandado guardar en un almacén. En un pasillo me crucé con mi padrino, que había recuperado peso y abandonado la silla de ruedas, y sus hermosos ojos azules se alegraron al verme. En una habitación pequeña, en la que apenas habían colocado tres o cuatro cuadros, Percy y Katty conversaban con mi novelista, mi trovador y mi filósofo favoritos, y todos se reían de buena gana. Los chicos de la Universidad estaban en la habitación contigua, bastante más amplia, y se acercaron en grupo a abrazarme cuando me vieron. Aunque fueran de mi edad y me sintiera libre de confiarles mi sorpresa, no me atreví a preguntarles a qué se debía toda esta jarana. Al salir de allí caminé por el pasillo hasta dar con el jardín trasero, que parecía calcado de una película que me gustó mucho. Allí estaban mis amigos del colegio, preparando una parrilla sobre la que se disponían carnes, chorizos y salchichas. Les dije que me daba gusto ver que, después de tantos años intentándolo, consiguieron cocinar en equipo sin ocasionar daños al mobiliario. Mayra apareció por allí, cargando una fuente, y me sentí aliviado, porque llevaba un buen rato en la casa y no la había visto. Cuando se acercó iba decirle que no entendía un carajo de lo que estaba pasando, pero algo me contuvo. Ella se adelantó y me dijo, en tono cómplice, que la orquesta podía tocar alguna canción para que bailáramos. La abracé y, al instante, escuché que alguien me llamaba. Era mamá, que me llevó a un vestíbulo para que me pusiera, por fin, la hermosa guayabera blanca que ella me había regalado y que yo le prometí usar cuando la ocasión lo mereciera. «¿No es el día que esperabas?», me preguntó. Ya cambiado, fui a buscar a papá, al que había perdido de vista, y lo encontré en la cocina, preparando su salsa especial de vino con queso. Mafer llevaba un mandil y era su asistente. Con él estaban también mis hermanos y sus enamoradas, llevando y trayendo fuentes de conchitas a la parmesana. Siguiendo una de esas fuentes llegué a un salón amplio, empapelado de todos los colores. Reconocí en las frases, los diseños y las formas a los chicos del Área Cultural. Uno por uno, los abracé a todos y les di las gracias por haber ido (aunque todavía no entendía bien a dónde ni por qué). Georgina y Martha les daban una mano en la decoración. Vi a Lime trabajando con ellos, vi a Gabriela ordenando mis libros en un estante nuevo, vi a Natalia llevando claveles violetas al lugar central de la sala central. Los dos Luchos (el amigo profesor y el amigo sanmarquino) se apostaron frente a la orquesta y no había nada que los moviera de allí. Más allá, los chicos del coro conversaban con Vicente, el viejo y estupendo pianista que nos había convocado para cantar cuando todavía éramos pequeños. En el bar encontré a Rolando, a Christian y a Tito. Presenté a este último con los otros dos y los dejé conversando. Rocío apareció con Jaris y con Antonia, que ya empezaba a caminar. Carlos, Charito y Mariel conversaban cerca del jardín trasero. Los saludé y me felicitaron. Les agradecí pero no les pregunté si sabían por qué me estaban felicitando. Los invitados empezaron a poblar el salón central y Nadia me llevó al pie de una tarima. Cuando el salón estuvo lleno, subí y me paré detrás de un ambón, donde Natalia había dejado los claveles. Todavía buscaba a Mayra, para preguntarle, ahora sí, qué estaba pasando, cuando me alcanzaron la copa y me pidieron que hablara. Estuve un rato en silencio, pensando. Antes de decir nada, la alcé y todos aplaudieron. Les di las gracias por haber asistido, y empecé a hablar de algo, como para ganar tiempo, cuando vi que a la tarima subían mis abuelos, los papás de mi papá. Me extrañó no haberme cruzado antes con ellos. Luego, pensé: el Papi y la Mami ya están muertos. Pero todos los estaban viendo, porque aplaudían. Y siguieron aplaudiendo a tío Carlos, a tío Miguel y a Julio Ramón. Héctor dejó su lugar en la orquesta y también subió, y yo me sorprendí de no haber notado lo extraño de todo esto al verlo por primera vez. Cuando la tarima estuvo llena, todos guardaron silencio. Entonces levanté mi copa y, como si hubiera entendido todo, muy contento, dije: «Bueno, creo que es momento de partir.» Otra vez la sala se llenó de aplausos. Así, entre aplausos, salí con los muertos al jardín trasero. Allí los abracé a todos y, al terminar, empecé a caminar solo por el pastizal, que se hacía más amplio conforme avanzaba. Me impulsé en una berma para andar más alto, luego en un muro de mi tamaño, luego en una piedra enorme. Seguía subiendo ya sin apoyarme, flotando. En ese momento pensé en que quizá era la última vez que veía todo aquello que dejaba atrás, y se me encogió un poco el corazón. Un poco, porque después, como reaccionando, pensé: estás volando, puedes volar.

7 comentarios:

Lime dijo...

...

putamadre

... no puedo con todo esto, Miguel.

Anónimo dijo...

genial.

n

Anónimo dijo...

cuando pensé que ya había leído lo mas bonito de ti, me sorprendes con esto.

Anónimo dijo...

Lo siento, pero no me gustó, creo que desde el primer momento supe el desenlace, no me sorprendiste; además pudiste extenderte más en las descripciones del lugar y personajes. No me gustó, tú hiciste cientos de trabajos mejor que éste, siento decirte que deberás seguir esforzándote porque no me conmoviste nadita. Así que, pon manos a la obra y espero una pronta entrega, lo harás, verdad? no puedes decepcionar a una de tus más fieles seguidoras...no puedes...debo de firmar? verdad qué no?...por fa, sigue trabajando.

Miguel Flores-Montúfar dijo...

no me voy porque ya no quiera escribir, querida
sino porque
por fin
me he decidido a escribir

espero
de corazón
que a tus manos llegue un trabajo mío
que sea cientos
miles de veces mejor
que la mejor de todas las entradas de este blog

ahora bien
no puedo asegurarte que será pronto
pero de que será
i.....m.....
será

gracias por tu compañía
y también por tu sinceridad.

Anónimo dijo...

Esto sí me conmovió, vaya que me conmovió, ves que si sabes escribir sin presión? te voy a echar mucho de menos, difícilmente se encuentra gente tan sensible como tú en este tan cruel y bello mundo. Y sí, puedes jurar que seré de las primeras en adquirir tu obra, no importa cuánto tardes, lo bueno se hace esperar dicen...deseo para ti toda clase de venturas y cantidades industriales de amor.
PD: Ahí te encargo Mayra que lo cuides y mimes mucho, no lo dejes desfallecer, es fácil languidecer en estos tiempos. Besos.
i.....m.....

Mayra dijo...

Vas a saber de él más pronto de lo que creas. Yo me encargaré de que eso suceda y de cuidarlo muy bien. Cuídate bastante i...m... y gracias por la fidelidad incondicional. No sabes lo importante que eres para Miguel y si lo eres para él, definitivamente para mí también. Besos :D