UNO. Cuando uno llegaba al patio del colegio San José, los sábados por la tarde, acomodaba sus cosas en las gradas y saludaba a sus amigos, y esperaba a que el jefe diera el pitazo que llamaba a formación a la tropa scout La Perla 172. Se presentaban las patrullas, se izaba la bandera del Movimiento, se hacían barras. Luego venían la promesa scout y la oración. Recuerdo con mucho cariño una de esas formaciones, en que Luis Zaldívar —scout de la generación de oro, algunos años mayor que yo, y mi primer guía cuando pasé a la tropa— llegó de Estados Unidos y fue a visitarnos. Luis y sus amigos (pero especialmente él) me generaron siempre mucha admiración. Rebeldes desde que los conozco, cuando terminaban el colegio se hicieron llamar los anti-promo. Uno de ellos fue expulsado en quinto año por enfrentarse a un directivo. Eran agnósticos o ateos, y renegaban de la profunda formación católica que se impartía en el colegio. Sus conversaciones eran una delicia: pasaban del metal a la Segunda Guerra Mundial y de ahí a cualquier problema metafísico o social, siempre sin ceremonias absurdas ni protocolos. Ahora, yo siempre he pensado que esa rebeldía, si no evoluciona, termina en pose, pierde su brillo y aburre. Esa vez Luis llevaba un piercing sobre la barbilla, una gorra oscura y seguía siendo metalero y agnóstico y contreras. Al terminar la promesa scout, yo pensé que él haría lo que algunos chicos de mi edad (presuntamente ateos): tomarse en broma lo que venía. Pero cuando comenzó la oración, Luis se quitó el sombrero, bajó levemente la cabeza y se mantuvo en silencio hasta el amén. En ese momento, me pareció más rebelde y más admirable que nunca.
DOS. Buena parte de los profesores que me han tocado en la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Martín son más de lo mismo: profesionales experimentados, rellenos de cartones, que, da la impresión, se arrepienten en el alma de perder su tiempo dictando clases a mocosos sin cerebro y sin futuro. En un ambiente como ese, las excepciones resaltan y es justo reconocerlas. Desde este espacio sin luces, mi más sincero agradecimiento a aquellos profesores que vi entregar más de lo que se les pedía, a los que asumieron la enseñanza como una manera de vivir en los demás. A los que, movidos por la responsabilidad y por una profunda convicción, han decidido apostar por los que vienen. Gracias a Eduardo Pacheco, Steve Sánchez, John Herreros, Carlos Novoa. Y, muy especialmente, a Pedro Córdova Piscoya, buen hombre y mejor maestro, a quien la vida acaba de premiar con un hijo.
TRES. Lime Salazar publicó, no hace mucho, un texto en el que lamentaba su temporal oficio de profesora de inglés. Me preocupé, por supuesto. Pero, sobre todo, no lo entendí. Lo digo porque ahora lo entiendo: dicto clases de Arte en el colegio que forma parte del Centro de Estudios y Desarrollo Comunitario de la Fundación Pachacútec, en Ventanilla. Y no soporto las banalidades con que se distraen mis alumnos, los comentarios que hacen sin ningún interés en aprender (y sí en dejarme como un idiota), su flojera para pensar, y la alarmante necesidad que tienen de ser amenazados para controlarse. Me deprimo. Algo así le pasó a Lime. Pero una vez, conversando sobre eso, me contó que hubo un chico, uno, que no entendía nada, jalaba todos los exámenes y estaba a punto de llevar el curso a cargo. Ella notó su interés, revisó sus libros de metodología e intentó de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. El chico mejoró su promedio, aprendió. Al final de año, su mamá visitó a Lime en el colegio y le dio las gracias por todo. Especialmente, porque su hijo había encontrado una vocación: quería estudiar Traducción e Interpretación.
CUATRO. En 1995, Mario Vargas Llosa recibió el Premio Jerusalén, y fue a esa misma ciudad a agradecerlo y a decir lo siguiente: “Los deseos y los sueños pueden volverse realidades. No es fácil, desde luego. Hacen falta una terquedad de acero y la capacidad de sacrificio y de idealismo de esos desarrapados que, en el suelo hostil, hicieron brotar agua y sembradíos donde había piedras y levantaron en el desierto cabañas que se volvieron pueblos y después ciudades modernas. La historia no está escrita y no hay leyes recónditas que la gobiernen, dictadas por una implacable divinidad o una Naturaleza despótica. La historia la escriben y reescriben las mujeres y los hombres de este mundo a la medida de sus sueños, esfuerzo y voluntad. Esta certidumbre pone sobre nuestros hombros una tremenda responsabilidad, desde luego, y no nos permite buscar coartadas para nuestros fracasos. Pero, también, constituye el más formidable aliciente para los pueblos que se sienten agraviados o desposeídos. Pues ello indica que nada debe obligatoriamente ser como es, que la historia puede ser como debería ser, como quisiéramos que fuera, y que depende solo de nosotros que lo sea”.
CINCO. En Ven y critícame, Calle 13 dice: “Gracias a mis insultos / los niños tienen que escucharme con la supervisión de un adulto”. En verdad, sus letras altaneras generan muecas de repugnancia que a mí me hacen mucha gracia. Sobre todo porque, generalmente, ofenden a la masa mojigata que acepta robos y asesinatos, que se entretiene en la miseria de los demás y tiene la cabeza llena de códigos éticos aprendidos de paporreta (y nunca interiorizados). Esa misma gente que perdona el pecado pero no el escándalo, que no podría explicar aquello que presume defender, que cree que existen dos discursos: uno para decir y otro para vivir. La música de Calle 13 es exactamente lo contrario: un manifiesto a favor de la vida, que merece disfrutarse y mejorarse, y que está llena de todo lo que nos conforma como seres humanos. Hace poco, la banda puertorriqueña vino a Lima. En medio del concierto, René Pérez, ‘Residente’, le dijo a su público algo que su música ya me había dicho: “Los chamaquitos tienen que estudiar, esa es la nueva revolución. No está en las armas, no está en la jodera: está en la educación. Ahí le vamos a dar a todo el mundo por el culo”.
4 comentarios:
TRES: Profesores hay muchos, maestros pocos...tarea díficil pero LIME lo consiguió....eso es lo que necesitan los niños
Oye sí, ni yo lo podía creer. Ttodos somos capaces de colaborar con un poquito de educación, donde sea y como sea. No hay que ser malos y hay que compartir lo que se tiene (:
Te quiero un egg!
Mañana comeremos como chanchitos, ya? :D
faltas tú. o nos toca a nosotros ponerte de 6to botón?
Nos toca a nosotros, Cala :D
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