miércoles 25 de mayo de 2011

-0.3. Para vivir varias veces (IV)

Sé que la extensión de este post es desalentadora, pero te voy a pedir que lo leas. Hazlo como mejor te parezca: imprímelo, o divídelo y lee un poquito cada día. Pero léelo, ¿sí? A diferencia de los últimos textos del blog, que fueron escritos para librarme de algunos demonios, este lo he pensado siempre para ti.


En esos huequitos de tiempo libre, entre buses y colas y salas de espera, he podido leer algunos libros. Lo que sigue es una lista de los 10 que más me han gustado (en realidad, faltan varios, que me obligué a omitir para no exceder la numeración). No digo que estos, con seguridad, te gustarán tanto como a mí. Puede que no. Pero también puede que sí, y eso es suficiente para sugerirte que les des (y te des) una oportunidad.


Si alguna vez los encuentras en un estante, y confirmas tu sospecha de que llevan años allí, sin abrirse, róbatelos: fueron escritos para leerse, no para adornar la casa. Y, como pagando tu culpa, préstalos cuando termines de leerlos. Corres el riesgo de perderlos, pero qué importa. Los buenos libros son como los buenos enamorados: al romper, no pueden quitarse lo que se dieron, porque no se trata de pulseritas o peluches, sino de algo que no puede tocarse. Eso, gracias al cielo, no se devuelve.


10. A sangre fría, de Truman Capote.


Uno de esos pueblitos calmados de Estados Unidos (como el Peru de Nebraska al que se fueron los embajadores de Marca Perú) amanece con la noticia de que uno de sus más ilustres vecinos, el señor Clutter (y toda su familia) han sido brutalmente asesinados en su propia casa. La novela es una extensa investigación sobre este hecho, sus causas y consecuencias. Capote, que para entonces era ya un periodista famoso, pasó cinco años entrevistando a los involucrados, revisando documentos, consultando a especialistas. El resultado fue un éxito: la crítica se rindió a sus pies, vendió innumerables ejemplares y su nombre pasó a la historia (A sangre fría inicia la literatura de no-ficción y renueva las técnicas del periodismo literario).


Cuando nos llega la noticia de un tipo que maquilló cuidadosamente a su víctima después de haberla asesinado a puñetazos, o de un tímido escolar que disparó contra sus compañeros de clase, nuestro rechazo es categórico (y distante): esas personas están enfermas y la sociedad necesita deshacerse de ellas. Este y otros argumentos similares pierden solidez cuando, después de la impresión que genera el escándalo, nos detenemos no solo en las causas del crimen, sino en los factores que formaron la personalidad de quienes lo cometieron. Humanizar a un criminal es un riesgo, porque pone a prueba el límite entre lo que debemos comprender y lo que podemos aceptar. Capote se atrevió a hacerlo y en ello se le fue la vida: sobrevivió a la novela, pero con dificultades psicológicas de las que no pudo recuperarse (después de leer, mira Capote, película dirigida por Bennett Miller).


9. Imágenes del incendio, de Edmundo Paz Soldán.


“Son las once de la noche y a esta hora, como todos los viernes, mi mujer debe estar haciendo el amor con su amante”. Si tienes un hermano adolescente al que no le gusta leer, ahí está la solución. Dile que se olvide del Cantar de Mío Cid y del mar de libros aburridos que el colegio obliga (algunos son maravillosos, es verdad, pero llegan muy pronto). No le recomiendes a Coelho o a Chopra (esas pastillas morales tienen fecha de vencimiento, y hace raaato que se vencieron). Si quieres que lea, no lo obligues: provócalo.


Y claro que provocan esas historias donde el problema se presenta en la primera línea. Muerte constante más allá del amor, un cuento de García Márquez, comienza diciendo: “Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morirse cuando encontró a la mujer de su vida”. Los cuentos de Paz Soldán tienen, además de eso, un conjunto de argumentos cuya naturaleza, cuando menos, llama la atención: el amor sospechoso entre un padre y su hija adolescente, las retorcidas venganzas de un despechado, los límites incalculables de la mentira, etcétera.


Nuestra formación moral nos enseña a condenar las aberraciones: incestos, fetiches y perversiones sexuales, infidelidades. Lo que no nos enseña es a enfrentarlas. Peor aún: nos obliga a pensar que no existen. Pero sabemos que existen. Y creo que la curiosidad y la atracción por lo prohibido llevan, en algunos casos, a caer en ellas (siempre que no se trate de verdaderos problemas mentales). Todos tenemos un poco de perversos y truculentos. La literatura sirve para explorar, en un mundo sin perjudicados, esos caminos oscuros de los que nunca quisieron hablarnos.


Imágenes del incendio es una antología de los cuentos de Paz Soldán, elaborada por él mismo para la editorial de un ayuntamiento español. No sé si sea fácil de conseguir (yo lo encontré de casualidad, mientras rebuscaba los estantes de la biblioteca que funciona en el instituto AFX). En todo caso, Amores imperfectos (uno de los cuatro libros de cuentos que se recogen en Imágenes del incendio), es mucho más fácil de conseguir.


8. Historia Universal de la Infamia, de Jorge Luis Borges.


El profesor Skinner, director de la escuela local de Springfield en Los Simpson, no es el verdadero profesor Skinner. Aquel tomó la vida de este al volver de la guerra (en la que ambos participaron). A pesar de las evidentes diferencias entre uno y otro, hubo un elemento determinante para que el engaño se produjera (y se mantuviera durante tantos años): la voluntad de la madre de tener a su hijo de vuelta. Algo similar ocurre con Arthur Orton, protagonista de El impostor inverosímil Tom Castro, uno de los cuentos de este libro. En él encontrarás de todo: personajes movidos por la necesidad de cumplir con su misión; mentira, traición y estafa; ancestrales códigos de honor, ingenio e inventiva. De todo, contado con una prosa que no volverás a disfrutar así nomás.


Este libro recoge historias reales que el autor ha deformado hasta convertirlas en pequeñas joyas. Los críticos dicen que, bueno, esta no es su gran obra, y tienen razón. Pero ten en cuenta que Borges es uno de los mejores escritores de todos los tiempos, y que este libro menor sería, sin problemas, el punto más alto al que podríamos aspirar quienes soñamos con dedicarnos a contar historias.


Borges vino a mí con dos libros en un solo tomo (el quinto de mi Colección de Literatura Latinoamericana de El Comercio): Ficciones y El libro de arena. Quise leerlos varias veces pero siempre renuncié, un poco decepcionado de mí mismo. Ahora me encantan. Y estoy convencido de que, en diez años, me gustarán muchísimo más. Si los encuentras abandonados en algún anaquel, llévatelos con confianza.


7. El lenguaje de la pasión, de Mario Vargas Llosa.
Cuando escucho frases equivalentes a "Vargas Llosa será un gran escritor de novelas, pero de política no sabe un pito", me queda claro que, quien las dice, ni siquiera ha tenido la suerte de leer sus novelas. Entonces, lamento la facilidad con que los medios inyectan prejuicios en la población, y la condición de no-leído-en-casa del autor peruano más celebrado a nivel mundial.


El lenguaje de la pasión es una recopilación de artículos escritos para el diario español El País (y sus publicaciones asociadas). Los temas son diversos: política, democracia, libertades individuales, corrupción, arte, cultura del espectáculo, etcétera. Antes de que me digas que no, que suena aburridísimo, termina de leer la reseña.

Debo reconocer que tuve este libro conmigo algunos años antes de leerlo, y que la reciente coyuntura política me ha llevado a él. Aunque los artículos recogidos fueron escritos entre 1992 y 2000, su actualidad es asombrosa. Creo que es de lectura obligatoria para quienes no aceptan el matrimonio homosexual y la legalización de las drogas, la eutanasia y el aborto. ¿Tienes argumentos para defender tu posición? Pues Vargas Llosa sí, y muy sólidos, para defender la suya. Es decir: si no estás de acuerdo con él, mostro. Pero, ¿por qué no estás acuerdo? Si puedes responder a esa pregunta con ideas y no con dogmas, estarás actuando por convicción, y no movido por prejuicios que heredaste y aceptas sin más.

Vargas Llosa ha recibido cientos de premios literarios, editoriales, doctorados honoris causa, reconocimientos de gobiernos e instituciones independientes por su trabajo intelectual y político. Cientos. Sin embargo, creo —como él— que el mejor premio que puede recibir es que lo leas.


6. Ética y Política para Amador, de Fernando Savater.

Como te habrás dado cuenta, me aburren los libros de autoayuda. No creo en la felicidad absoluta y menos en las recetas para alcanzarla. Detesto que me digan qué es lo que tengo que hacer, tanto como que me hagan imaginar mi vida con una estructura de novela mexicana: 99 capítulos de penurias y uno, siempre el último, en que soy feliz para siempre. No, gracias.


Sin embargo, sí creo que los libros ayudan a vivir. A quienes les funciona la autoayuda, perfecto. A mí me sirven las historias sin moralejas que no buscan inyectarte proverbios para que actúes como un robot: gracias a ellas, soy una mejor persona.


Ahora, si lo que quieres es aprender a vivir bien, no busques al que se ha llevado tu queso ni al alquimista que oculta un tesoro muy cerca de su casa. Revisa estos dos libros: Ética para Amador y Política para Amador. Mira, durante dos años estudié Filosofía en San Marcos, y obtuve los mismos resultados que en mis cursos de Trigonometría: no entendí ni mierda. Había excelentes profesores y alumnos acuciosos, pero yo no estaba listo para nada de eso. Estos libros no fueron escritos para círculos cerrados de humanistas, sino para personas como tú y como yo. Su autor, Fernando Savater, los escribió para su hijo Amador. Los ejemplos y las explicaciones son sencillísimos, y su lectura es fácil y entretenida.


Es casi una obligación que, después de leerlo, lo repartas por el mundo. No te lo digo yo, te lo dirás tu mismo. Es necesario que se entienda de una vez que nadie puede defender conceptos como los de dignidad, justicia, libertad y democracia, si ni siquiera tiene una idea remota de qué significan y para qué sirven.


La autoayuda, me parece, fracasa en un punto más: habla de ese espacio irreal en que, algún día, todos seremos hermanos caminando de las manos por infinitas praderas, deteniéndonos a disfrutar el aroma de las flores y respetando nuestras ideas, creencias y costumbres (que, por supuesto, se parecerán mucho entre sí); un planeta de teletubbies, más o menos. Y eso, gracias a Dios, no existe (ni es posible). Lo que tenemos es un mundo de cabeza, lleno de locos y fanáticos, lleno de ideas opuestas, indiferencia y estupidez. Eso tenemos, eso somos. Vivir aquí ya es bastante. Intentar hacerlo dentro de ciertas normas, respetando la libertad de los otros y persiguiendo un bien común debe ser lo más cerca que hemos estado de la felicidad. Pero no de la aburridísima felicidad-para-siempre, sino de la otra, la verdaderamente humana, que es una constante rebeldía contra lo que nos tocó en suerte.


5. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.


Esta debe ser la novela que más veces he abandonado. Todo el mundo hablaba maravillas de ella (incluso quienes solo habían leído ese libro en su vida), pero a mí se me hacía complicada. Tomaba el libro y, a las dos páginas, lo devolvía a su estante. Así durante cinco años. Hasta que un día, en una sobremesa, mi abuela me contó su vida en Paita —el puerto del norte en que nació y creció— lleno de fiestas de tres días y de muertos que volvían a despedirse de sus hermanos. Entonces entendí todo.


Porque Cien años de soledad es también la historia de mi abuela y su familia. Cuando yo estaba muy pequeño, vino de Paita mi tío Miguel, hermano de mi abuela. Lo recuerdo sentado a la mesa de la cocina, su voz gruesa y persuasiva, contándonos sus aventuras a bordo de un barco ballenero, peleando con un capataz abusivo, dirigiendo un banco de casualidad. Yo lo quería, lo admiraba y esperaba, secretamente, ser tan valiente como él para vivir una vida parecida la suya. Mi tío enfermó poco tiempo después de visitarnos (estuvo a punto de perder una pierna) y ya no pudo viajar. Volví a verlo quince años después, cuando mi abuela murió y él vino para asistir su entierro. La noche de su llegada, cuando todos se iban a dormir, mi hermano Ángel y yo fuimos a su cuarto y nos amanecimos conversando con él. Tenía miedo de que su imagen mítica se desvaneciera (como ocurre con casi todos los recuerdos de infancia que se enfrentan al paso de los años). Pero no fue así: al escucharlo, sentí que todo lo que García Márquez me había contado tenía más sentido que nunca, que los personajes no eran puras invenciones y que, en verdad, existieron; que Paita fue Macondo y que por mis venas corre la sangre de los Buendía. Cuando me despedí de él, le regalé Cien años de soledad (la edición de Literatura Latinoamericana de El Comercio que yo había leído) y le dije que ese libro contaba su historia. Me agradeció y se fue.


Durante algunos meses estuvo llamando a casa para preguntar cómo nos iba, y para disculparse conmigo porque todavía no había leído el libro.

Un sábado por la noche, cuando volvía de trabajar, me enteré de que mi tío Miguel había sufrido un pre-infarto y estaba internado en el hospital. No sé cómo, metieron un celular a su habitación y desde allí llamaron a casa. Todos hablamos un poquito con él. Yo fui el último. Mi tío me dijo que ya estaba mejor, que esperaba recuperarse pronto para volver a Lima y conversar conmigo sobre la novela, que le encantó (“esa magnífica obra que cuenta nuestra historia, Miguelito”). Dos días después llamaron a casa y nos dijeron que tío Miguel había muerto.


4. La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa.


Esta es la película de acción más paja que he visto en mi vida. No me refiero a la que dirigió Luis Llosa (que te sugiero que no veas) si no a la que yo imaginé, escena por escena, mientras leía la novela. Para hacerla necesitaría muchísimos millones de dólares y una productora que tenga el coraje de atreverse con una película que dure un aproximado de 10 horas, y un conjunto de salas que acepten proyectarla; además de un público lo bastante ocioso como para verla. He pensado que mejor sería trabajarla como miniserie, pero persiste el problema de los millones de dólares.


La fiesta del Chivo es la narración en simultáneo de tres tiempos distintos. El primero es sobre Urania Cabral, que vuelve a su país después de tres décadas de ausencia. El segundo es del último día de vida de Rafael Leonidas Trujillo, el Chivo, dictador de la República Dominicana entre 1931 y 1960. Y el tercero es el de los asesinos del Chivo, que esperan agazapados a que aparezca su auto para emboscarlo. Parece confuso pero no lo es, sucede que no sé cómo explicarlo. Ni siquiera tienes que poner mucho de tu parte: cuando la historia te atrape, estarás condenado a terminar el libro.

Si me preguntas por qué no creo en los militares ni en las dictaduras, yo te diría que, en gran medida, es porque leí esta novela. Decir solo que es una gran película de acción es una mezquindad. Es, sobre todo, una explicación bastante didáctica sobre cómo los autoritarismos arruinan no solo la macroeconomía y la educación en democracia, sino la vida de sus gobernados —sean pobres o ricos, estén o no metidos en política, tengan o no un empleo público—, convirtiéndolos en seres silenciosos, convenidos y miserables. Es necesario leerla. Y, sobre cualquier cosa, es necesario no olvidarla nunca.


3. El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.


Creo que nadie se come el cuento de que una persona puede esperar a otra, durante medio siglo, solo para decirle que la ama todavía. En otros tiempos, quizá. En el nuestro las parejas no se esperan veinte minutos, ¿cómo soportarían cuatrocientas treinta y ocho mil horas? Quizá tiene que ver con la época, con que se trata de una ficción o, quién sabe, con falta de oportunidades. Creas o no en el amor para siempre (que suena tan de novela mexicana como la felicidad para siempre) puedo asegurarte no pensarás lo mismo cuando termines este libro.


El amor es ese tema sobre el que todo el mundo se siente con derecho a opinar. Así tenemos millones de canciones, poemas, películas y teorías psicológicas, biológicas y hasta matemáticas. En idiomas, culturas y tiempos distintos, todos estos testimonios y reflexiones se acercan o se alejan de nosotros de acuerdo a nuestra propia percepción del asunto. Algunos nos gustan en un momento determinado porque están de moda o porque dicen exactamente lo que nosotros queremos decir, pero después los abandonamos y, con el tiempo, los aborrecemos. A veces sus respuestas ya no nos satisfacen. El amor en los tiempos del cólera es mucho más que una canción del momento: es un homenaje a los amores confusos, sólidos, prohibidos, cómplices, sosegados, tramposos, salvajes, incomprensibles, incomprendidos, etcétera. Y es, también, una defensa de esos valores que las películas románticas suelen dejar de lado: la constancia sobre la fugacidad, la confianza sobre la sorpresa, la voluntad sobre los impulsos. ¿Puede ser apasionada (y apasionante) una historia que habla de dos viejitos que se pelean por el jabón del baño, o de un tipo feo y triste que distrae su soledad con amores provisionales? Es una buena pregunta. Y esta novela es su mejor respuesta.


2. Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro.


En algunos ejercicios de introspección, los orientadores te piden que no pienses en nada, que dejes tu mente en blanco. Un aplauso para los que han logrado ese nivel de concentración: yo nunca he podido. Yo siempre estoy pensando en algo. Generalmente son cosas sin sentido (como qué haría si tuviera un millón de dólares o cómo debo golpear una pelota para que se clave en el ángulo superior derecho del arco); pero, a veces, pienso cosas que me parecen interesantes, valiosas, útiles. A veces, como quien entiende tarde un chiste, estoy en el carro y pienso en la escena de una película cualquiera. Y entonces, meses después de haberla visto, descubro un detalle que había pasado por alto, y que ahora cambia el sentido de la película completa. ¿Me entiendes? Algo así, elevado a la millonésima potencia, son las Prosas apátridas. A veces Ribeyro estaba escribiendo un cuento o un artículo o su diario, y de pronto se le ocurría una cosa interesante, que no le servía para lo que estaba haciendo, y la anotaba en una hoja aparte. Así acumuló, durante años, varios textos breves que no eran ficción ni ensayo ni poesía. Por eso se llaman apátridas: no tienen patria literaria.


Si alguna vez he tenido un libro de cabecera, es este. En sus páginas se habla del amor, el sexo, la educación, la infancia y varios hechos aparentemente irrelevantes, con una profundidad que, ahora, ni siquiera tenemos con nuestros grandes problemas. No es un manual de máximas y refranes mongos, ni siquiera es un libro de certezas espirituales. Es, como dice Ribeyro de su propia vida, un inventario de enigmas. A mí me sirvió para confirmar mi admiración por este hombre tan parecido a sus personajes, tan flaco y tan fumador y tan fino, tan jodido, tan marginal y tan brillante. Y también para convencerme de que todo lo que veo, leo, escucho y siento es motivado por engranajes que no puedo descubrir así nomás; que debo forzarme a conectar ideas, y que pensar no es sinónimo de saber, sino de dudar.


1. Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa.


En relación a esta novela, conozco a tres tipos de personas: los que no la han leído, los que no la han terminado y los que la consideran en el top 5 de libros que se llevarían a una isla desierta.


Su construcción es una patada al cerebro, y no por lo difícil sino por lo genial. Hay una conversación matriz: la de Zavalita y Ambrosio en el bar La Catedral. A esta se suman otras conversaciones, monólogos interiores, narraciones convencionales. No, no se suman: se infiltran. Todo ocurre a la vez. A diferencia de una telenovela, en que tienes el apoyo de la imagen, aquí nadie te avisará que estamos cambiando de escenario, de tiempo o de personajes. Tienes que estar atento. Los diálogos de una conversación forman parte de otras conversaciones (como en la escena en que Fiona y Shrek bajan de la cebolla-carrosa y van al encuentro de los reyes). Hacer esto ahora, con computadora y cut & paste, sigue siendo difícil. Hacerlo en los años sesenta del siglo pasado, con máquina de escribir y a lo largo de setecientas páginas, no sé, es cosa de héroes.

Como en La fiesta del Chivo, esta también es la historia de una dictadura. Conversación en La Catedral se ambienta en el Ochenio de Odría. Pero en este caso Vargas Llosa omite la figura del dictador, que no es sino un personaje referencial: no participa de ningún diálogo ni aparece en escena. Sin embargo, su presencia se manifiesta en todos los sectores del poder y de la población que abarca la novela (es considerada “la gran novela social del Perú”). La idea es demostrar que un gobierno autoritario no afecta solo a los que se relacionan con su cabeza visible, sino a todos los que lo padecen. Obreros, desempleados, intelectuales, pobres y ricos se acomodan para vivir entre la mierda, haciéndose los desentendidos o buscando su conveniencia, corrompiendo sus códigos morales y la educación de sus hijos, “envileciendo la vida entera”. No se trata de que un abuso me concierne en tanto afecta a quienes quiero o a mí mismo, sino que al conocerlo y no hacer —o no poder hacer— nada contra él, ya me estoy pudriendo.


Aquí también se cuestiona nuestra manera de ser y de ver el mundo como peruanos. Es cierto que no todos pensamos igual, que cada uno ve qué hace con su vida, pero también es cierto que nuestro país tiene una historia propia y que nosotros formamos parte de ella. Y si nosotros somos tan distintos, ¿por qué siempre volvemos a lo mismo? ¿Por qué siempre nos traicionamos? ¿Por qué observamos espantados las páginas de los libros de historia y, al poco tiempo, repetimos lo que habíamos condenado? Zavalita, el protagonista de la novela, se lo pregunta así: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. ¿Nos jodimos nosotros? ¿Es el Perú el que está jodido sin remedio? ¿Por qué, cuando todo parece ir mejorando, nos arrepentimos? Ese pesimismo es también un reto: a ver quiénes se atreven a darle la contra.


Vargas Llosa es uno de ellos. Nada me deprime tanto como la comparación entre los días posteriores al Nobel y lo que está ocurriendo ahora. En serio, no lo entiendo. ¿Cómo puede pasar de ser el peruano más representativo a un imbécil resentido que lo que quiere es vengarse de un país que siempre lo ha menospreciado? Estas semanas he escuchado y visto de todo: que es racista y nos odia porque somos cholos y brutos, que sus novelas no se comparan a las de otros grandes, que es contradictorio y traidor. Y, lo peor, es que esos comentarios no vienen solamente de la masa que internalizó toda la basura que Fujimori ordenó lanzar contra Vargas Llosa, sino de gente inteligente y preparada, que ha tenido la oportunidad de leerlo y seguir su carrera. Si escuchas alguna cosa así, no te dejes engañar. Pregúntale a quien te lo diga dónde es que Vargas Llosa nos insulta, dónde nos desprecia, dónde nos traiciona. Algunas cosas parecen ya no tener importancia. En este momento, en el que todo el mundo dice preocuparse por la estabilidad del país, Vargas Llosa ha salido a defender principios. En vez de quedarse en España y seguir siendo allá el semidiós que es, ha venido aquí a que le saquen la mierda los mismos que hace unos meses se cansaban de celebrarlo. Eso, claro, es resentimiento: un hombre que ha pasado años investigando sobre nosotros, que escribe y habla —y ha hecho mundialmente conocida— nuestra variante local del español; que ha recibido, además del Nobel, cientos de premios y reconocimientos; un hombre cuya obra literaria, sea o no de ficción, es un compromiso consigo mismo y con la libertad (conceptos con los que se puede —y, a veces, se debe— discrepar); que tiene los cojones para decir lo que piensa aunque se gane antipatías y odios, un hombre así solo puede venir aquí por resentimiento. Resentimiento porque el exitoso y honesto y probo candidato que lo derrotó en las elecciones presidenciales está ahora preso por ratero y por asesino, resentimiento porque el pueblo no lo eligió (lo que le permitió seguir viajando, leyendo y escribiendo, y dedicarse a lo que más le gusta hacer en la vida). Cuando todo esto llega a mí, yo me siento más Zavalita que nunca.


Nota final:
Lamento no haber incluido libros que sé que existen y que todavía no he leído. Me hubiese gustado recomendar a Auster, Murakami, Kawabata, Storni, Marías, tanto como algún libro de la saga de Harry Potter (las películas me fascinan) y El señor de los anillos. En fin, si los has leído y te han gustado, no te canses de decirlo. Yo conservo dos esperanzas: la primera es que hayas llegado hasta aquí, lo que ya es un triunfo. Y la segunda es haberte animado a leer cualquiera de estos libros. Si lo consigo, podré tenerle menos miedo a la muerte.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Si uno es bueno deja de lado ciertas palabras.

Miguel Flores-Montúfar dijo...

Eso no lo entendí. :(

Anónimo dijo...

50 años no...13 fueron los que esperé!!