viernes 13 de mayo de 2011

-0.3. Para vivir varias veces (II)

Siempre he pensado que mi paso por la secundaria se parece mucho al de Kevin Arnold, el protagonista de Los años maravillosos. No era un líder ni un imbécil, no me trataban de estúpido y tampoco tenía cómo tratar de estúpidos a los demás. Ni alumno estrella ni eterno reprobado. En la pirámide económica del colegio, también estaba perfectamente ubicado al medio. Había chicos que a duras penas desayunaban y otros que tenían televisor en su cuarto y hasta un PlayStation. Yo, que desayunaba y almorzaba y cenaba sin problemas, no tenía cable, y el único televisor de la casa estaba a veces en la sala, a veces en el cuarto de mis papás. El barrio era peligroso y no nos dejaban salir a jugar (tampoco lo pedíamos); no íbamos a fiestas (mamá nos llevó a todas siempre niños, pero, ya adolescentes, era complicado cumplir con todas las condiciones para obtener un permiso); y tampoco tuvimos éxito en los deportes (no quiero hablar de eso). Nos salvaban las reuniones y los campamentos con los scouts, y las reuniones y los paseos con los chicos del coro. Pero, vamos, a esa edad uno no está para que le salven la vida, sino para vivir.