domingo 24 de abril de 2011

-0.8. Esa virtud sospechosa que se llama caridad.

En el verano de 2005 viajé a Huancayo con Ángel, mi hermano. Estuvimos allá nueve días, nada más. En ese tiempo, pasé varias tardes conversando con Humberto, hermano de Vicente (nuestro anfitrión), un profesor de primaria que bordeaba los sesenta años, y que, en su juventud, había apoyado a movimientos de izquierda que degeneraron en órganos de Sendero Luminoso. Conocí algunos lugares, y ninguno me impactó tanto como la biblioteca del convento de Ocopa. Envié mi primera carta por correo aéreo. Precisamente, lo que sigue es un fragmento de esa carta, escrita por partes y, generalmente, por las noches. Ahora que lo he vuelto a leer, me he sentido culpable, otra vez. Pero mucho más culpable.
El olor de la comida se mete por nuestras narices. Nos busca. Nos atrapa. Gracias a Dios, podemos ceder a la tentación. Paramos en un lugar que se llama Huaychulos. Allí la carne que se sirve es de animales criados por una empresa del mismo nombre, Huaychulos. Buenas noches. Tres clásicas, por favor. Ticket por aquí, ticket por allá. Esperen un momento. Aquí esta su pedido. ¿Desean café? Sírvanse en ese mostrador. Bien caliente, ¿sí? Claro. Que lo disfruten. Mi hermano y yo debemos disimular nuestra cara de asombro. El pan es enorme. Enooorme. Pedimos un platito para comer apoyados en la barra. Nuestra torpeza deja caer algunas papitas en el piso. Ha entrado un niño con una bolsa de caramelos en la mano. Se esconde del guachimán que, si lo ve, lo bota. Se arrecuesta en una de esas cajas publicitarias que están iluminadas por dentro con fluorescentes. Pasa su cara por el anuncio, una y otra vez. ¿Acaso lee con la mejilla? ¿Acaso no puede rascarse con las manos? Piensa, Miguel, piensa. Piensa bien. ¿Has visto con qué está vestido? ¿Tú crees que un polito al ombligo y un short y unas sandalias abrigan tanto como el enorme sobretodo que tienes puesto? Mierda. Lo más cálido que tiene es esa cajita con luz. Se acerca. Canta. El cielo resplandece a mi alrededor. El intro de Dragon Ball Z. Canta. Volar, destellos brillan en las nubes, sin fin. Colabórame, pues. Me muestra su bolsita. En el bolsillo tengo mis dos últimos billetes y tres monedas de cinco soles. No voy a comprarle tres caramelos esperando que me dé vuelto. Miro mi pan. Miro al niño. Miro de nuevo mi pan. El niño. Le pregunto si lo quiere. En dos milésimos de segundo, lo piensa. Sí, sí lo quiere. Me lo ha dicho. Se lo doy. En la noche fría y lluviosa de Huancayo, ese niño en su universo de niño, en su mundo de niño, ya ganó algo. Y canta de nuevo, ahora atragantado y más entonado, que el cielo resplandece a su alrededor.


9 de enero de 2005



1 comentarios:

Anónimo dijo...

La casa de las Hermanas de la Caridad en la Parada impresiona mucho más esa virtud sospechosa