Nadie sabe mis cosas
domingo 11 de diciembre de 2011
Advertencia
domingo 24 de julio de 2011
0. Donde todo termina / abre las alas.
De pronto, alguien me alcanzó una copa y me pidió que «dijera unas palabras». Todos guardaron silencio y yo pensé en lo que, hasta entonces, me había pasado. No hacía mucho que había llegado a esa casa enorme, llena de habitaciones y pasadizos. A poco de llegar, descubrí que tanta ceremonia no se debía a la presentación de mi soñado primer libro (y con razón, pues no recordaba haberlo escrito jamás), sino a una exposición de varios cuadros que, increíblemente, yo había pintado (ni qué decir sobre mi relación con las artes plásticas, ¿verdad?). Me hubiese gustado ver alguno, claro: los había por todas partes, a partir del hall en adelante. Pero desde que mis papás me abrieron la puerta principal, no hice otra cosa que dejarme arrastrar, maravillado y sin entender nada, por todos los brazos que me llevaban de un lado a otro. No demoré mucho en darme cuenta de que yo era, a la vez, el anfitrión y el invitado de honor, la persona más importante de la ceremonia. Cada tres pasos era abordado por amigos a los que veo muy poco, por muy poco tiempo o nunca. Algunos familiares que me vieron por última vez cuando era un niño, no dejaban de repetir que qué grande estoy y que mi mamá parece mi hermana. Había música en vivo: una orquesta de salsa (si les digo cuál no me van a creer), instalada en la sala central, tocaba boleros e improvisaba algo de latin jazz, lo que daba al lugar un ambiente festivo que me fascinaba. Mi abuela, la mamá de mi mamá, controlaba a todos sus nietos pequeños para que no tomaran de las bandejas más dulces de los debidos. Nadia iba a mi lado, contándome quiénes habían asistido y quiénes estaban por venir, hablándome de regalos que ella sabía que me volverían loco (una camiseta de fútbol con mi apellido y el número 11 estampados en la espalda, una boina negra, una caja de chocolates, por ejemplo) y que había mandado guardar en un almacén. En un pasillo me crucé con mi padrino, que había recuperado peso y abandonado la silla de ruedas, y sus hermosos ojos azules se alegraron al verme. En una habitación pequeña, en la que apenas habían colocado tres o cuatro cuadros, Percy y Katty conversaban con mi novelista, mi trovador y mi filósofo favoritos, y todos se reían de buena gana. Los chicos de la Universidad estaban en la habitación contigua, bastante más amplia, y se acercaron en grupo a abrazarme cuando me vieron. Aunque fueran de mi edad y me sintiera libre de confiarles mi sorpresa, no me atreví a preguntarles a qué se debía toda esta jarana. Al salir de allí caminé por el pasillo hasta dar con el jardín trasero, que parecía calcado de una película que me gustó mucho. Allí estaban mis amigos del colegio, preparando una parrilla sobre la que se disponían carnes, chorizos y salchichas. Les dije que me daba gusto ver que, después de tantos años intentándolo, consiguieron cocinar en equipo sin ocasionar daños al mobiliario. Mayra apareció por allí, cargando una fuente, y me sentí aliviado, porque llevaba un buen rato en la casa y no la había visto. Cuando se acercó iba decirle que no entendía un carajo de lo que estaba pasando, pero algo me contuvo. Ella se adelantó y me dijo, en tono cómplice, que la orquesta podía tocar alguna canción para que bailáramos. La abracé y, al instante, escuché que alguien me llamaba. Era mamá, que me llevó a un vestíbulo para que me pusiera, por fin, la hermosa guayabera blanca que ella me había regalado y que yo le prometí usar cuando la ocasión lo mereciera. «¿No es el día que esperabas?», me preguntó. Ya cambiado, fui a buscar a papá, al que había perdido de vista, y lo encontré en la cocina, preparando su salsa especial de vino con queso. Mafer llevaba un mandil y era su asistente. Con él estaban también mis hermanos y sus enamoradas, llevando y trayendo fuentes de conchitas a la parmesana. Siguiendo una de esas fuentes llegué a un salón amplio, empapelado de todos los colores. Reconocí en las frases, los diseños y las formas a los chicos del Área Cultural. Uno por uno, los abracé a todos y les di las gracias por haber ido (aunque todavía no entendía bien a dónde ni por qué). Georgina y Martha les daban una mano en la decoración. Vi a Lime trabajando con ellos, vi a Gabriela ordenando mis libros en un estante nuevo, vi a Natalia llevando claveles violetas al lugar central de la sala central. Los dos Luchos (el amigo profesor y el amigo sanmarquino) se apostaron frente a la orquesta y no había nada que los moviera de allí. Más allá, los chicos del coro conversaban con Vicente, el viejo y estupendo pianista que nos había convocado para cantar cuando todavía éramos pequeños. En el bar encontré a Rolando, a Christian y a Tito. Presenté a este último con los otros dos y los dejé conversando. Rocío apareció con Jaris y con Antonia, que ya empezaba a caminar. Carlos, Charito y Mariel conversaban cerca del jardín trasero. Los saludé y me felicitaron. Les agradecí pero no les pregunté si sabían por qué me estaban felicitando. Los invitados empezaron a poblar el salón central y Nadia me llevó al pie de una tarima. Cuando el salón estuvo lleno, subí y me paré detrás de un ambón, donde Natalia había dejado los claveles. Todavía buscaba a Mayra, para preguntarle, ahora sí, qué estaba pasando, cuando me alcanzaron la copa y me pidieron que hablara. Estuve un rato en silencio, pensando. Antes de decir nada, la alcé y todos aplaudieron. Les di las gracias por haber asistido, y empecé a hablar de algo, como para ganar tiempo, cuando vi que a la tarima subían mis abuelos, los papás de mi papá. Me extrañó no haberme cruzado antes con ellos. Luego, pensé: el Papi y la Mami ya están muertos. Pero todos los estaban viendo, porque aplaudían. Y siguieron aplaudiendo a tío Carlos, a tío Miguel y a Julio Ramón. Héctor dejó su lugar en la orquesta y también subió, y yo me sorprendí de no haber notado lo extraño de todo esto al verlo por primera vez. Cuando la tarima estuvo llena, todos guardaron silencio. Entonces levanté mi copa y, como si hubiera entendido todo, muy contento, dije: «Bueno, creo que es momento de partir.» Otra vez la sala se llenó de aplausos. Así, entre aplausos, salí con los muertos al jardín trasero. Allí los abracé a todos y, al terminar, empecé a caminar solo por el pastizal, que se hacía más amplio conforme avanzaba. Me impulsé en una berma para andar más alto, luego en un muro de mi tamaño, luego en una piedra enorme. Seguía subiendo ya sin apoyarme, flotando. En ese momento pensé en que quizá era la última vez que veía todo aquello que dejaba atrás, y se me encogió un poco el corazón. Un poco, porque después, como reaccionando, pensé: estás volando, puedes volar.
lunes 6 de junio de 2011
0.1 Caracoles, caracoles.
II. La inmortalidad. Hace algún tiempo le dije a Percy que la idea de posteridad ha llegado sin muchos créditos a mi generación: el calentamiento global, el mar de enfermedades y la cercanía de un nuevo apocalipsis nos dejan sin esperanzas de sobrevivir a nuestro tiempo. O sea, nos morimos y, a los cincuenta años, se acaba el mundo. ¿Quiénes nos estudiarán, nos celebrarán, nos rescatarán del olvido? Entonces, Percy trazó sobre la mesa una línea imaginaria y me dijo Esta es la historia del Universo. Con sus dedos seleccionó un intervalo y me dijo Esta, la de la galaxia. Luego redujo el intervalo y dijo Esta, la del Sistema Solar. Uno muy pequeñito era el de la Tierra. Y, me dijo, es más pequeño aún si solo nos dedicamos a la historia de la humanidad. Ya no había espacio entre sus dedos. Piensa en la evolución, en la distancia entre los primeros homínidos y tú, o en Napoleón, o en el último mundial al que clasificó Perú. Me lo decía riéndose, sin amargura: ¿Qué somos nosotros en todo esto, ah?
III. Los aplausos. Aunque me incomoda un poco que lean lo que escribo, es evidente que escribo y publico (hasta ahora, ambas cosas se han dado por igual) para que me lean. Todas las personas cercanas que quiero, respeto o admiro han padecido, en algún momento, de mi insistencia. Envío los links del blog por correo electrónico, por Facebook, imprimo el texto y lo reparto. Si pasado un tiempo no obtengo respuesta, pregunto si, de casualidad, revisaron lo que les envié. Cuando contestan con monosílabos, con peros, me derrumbo. Cuando aplauden, celebro. De las cosas malas que hago, creo que esta es —por lejos— la más vergonzosa de todas.
Esa necesidad de reconocimiento parte de mi flojera. Me explico: en el fondo de mi alma, sé que nunca he escrito nada verdaderamente bueno. Sin tonterías: sé que escribo mejor que muchos chicos de mi edad, pero los chicos de mi edad no quieren escribir, pues. Nunca he reconstruido un texto hasta una versión que me deje tranquilo. Nunca he procurado llenar de sustento las imágenes o frases que he considerado valiosas. Cuando ya avancé demasiados párrafos, me niego a borrar todo y comenzar de nuevo, así me haya dado cuenta de que estoy yendo por el camino equivocado. A eso voy: me da flojera gustarme a mí mismo, por eso procuro que los demás lo hagan. Estoy seguro de que si entrego todo de mí en un texto, estaré contento. Si lo saco de mis vísceras, lo lleno de ideas, lo corrijo a morir y el resultado final me complace, me quedará la certeza de que, al menos en ese momento, es lo mejor que pude hacer. Entonces, recibiré las críticas, los elogios y la indiferencia como lo que son: accesorios. El verdadero premio será haber hecho lo que quería hacer, haber cumplido conmigo.
IV. Por eso, me voy. Como decía, ya no me interesa correr. No tengo planes de aquí a seis meses o a cinco años, no he trazado mi camino como una carrera de obstáculos. No tengo calendarizada mi vida. Pero tampoco voy a mirarme el ombligo hasta el día del juicio final. Aunque todavía no sé cómo haré todo lo que quiero hacer, he decidido sellar cada uno de mis movimientos con un denominador común: la coherencia. De esta manera, mis pasos (y muchas veces, mis tropiezos) me llevarán a donde quiero llegar, porque mi objetivo final trasciende a las circunstancias y los proyectos temporales. Creo que así, en algún momento, tendré más o menos claro para qué estoy aquí y cuál es el camino que me corresponde seguir.
Por ejemplo, sé que debo salir pronto de casa y que, no mucho tiempo después, deberé también alejarme del entorno y de la ciudad en que he crecido. No porque sueñe con vivir lejos, sino porque necesito combatir la soledad, valerme por mí mismo, pisar la verdadera calle, ganarme los frijoles, seguir un horario, dedicar mi tiempo libre a leer y a escribir y ver películas; también porque creo que esa distancia entre mi lugar y yo me ayudará a apreciarlo mejor y a encontrar las cosas que lo hacen particular. Todo eso sin prisa, sin angustia, y también sin trampas, sin vivir bajando la cabeza, sin aguantarle cojudeces a nadie, sin sacarme la vuelta en cuestiones menores pensando en alcanzar un bien mayor.
El tema de las elecciones ha sido, en eso, muy importante para mí. Primero, porque descubrí (con cierto agrado) que mi consciencia responde a sus propios impulsos y que no me pregunta si lo que hace me conviene o me traerá problemas. Segundo, porque me di cuenta de que tengo vocación para dar la contra: he atacado la candidatura de Keiko Fujimori (y, ya después, defendido la de Humala), atrincherado desde mi cuenta en Facebook, conversando con bodegueros y transeúntes, respondiendo a los ataques que me cayeran (o me rebotaran); y todas esas veces lo hice sabiendo que no encontraría eco en lo que dijera (no defendí a PPK en primera vuelta, aunque voté por él, porque casi todos aquellos con los que me cruzaba —en Internet o en persona— habían decidido apoyarlo). Esto me lleva a la tercera buena noticia: de haber tenido 600 amigos en Facebook a favor de Humala, mis comentarios, probablemente, hubieran sido solo insultos y bromas pesadas contra los fujimoristas. Pero como yo tenía, sobre todo, amigos que optaron por Fujimori, me vi —inconscientemente— obligado a revisar documentos, reportajes, archivos y declaraciones que justificaran racionalmente mi posición, de manera que, por lo menos, sembraran la duda en los que estaban del otro lado. Aunque a veces fallé, traté siempre de no perder la paciencia y de persuadir, no de imponer. Traté de no subestimar a los demás y, partiendo de mis coincidencias con sus ideas y temores, dar el salto hacia aquello en lo que yo creía. Todo eso, mostro. Pero también descubrí que, alardeando de moral y de coherencia, había dejado de lado mis verdaderas obligaciones (que, además, siempre he dejado un poco de lado). Hoy en la mañana recibí un memo de la Dirección del colegio para el que trabajo, en el que me decían que no había cumplido con entregar el programa del curso ni la separación por sesiones. Luego, ya en clase, una alumna me preguntó si había corregido los exámenes que tomé la semana pasada. Cuando le dije que no me reprendió a solas, sin faltarme el respeto: Usted que habla de libertad y de responsabilidad, ya pues, tiene que cumplir sin justificarse. Subí al instituto y tuve una reunión en la que enumeré las cosas que me falta organizar para una actividad de la que soy el único encargado (y para la que no queda mucho tiempo). En un rato, al llegar a la universidad, tendré que ver cuántos trabajos finales, exámenes, controles y presentaciones vienen en avalancha para las siguientes dos semanas. Antes, probablemente, me hubiese preguntado qué cuernos tiene que ver todo eso con lo que yo quiero ser, y habría buscado la forma de ganarme la comprensión del mundo entero apelando a mi lastimero discurso del joven que cruza la ciudad para estudiar, trabajar y dormir. Ahora puedo reconocer que, vamos, son huevadas: nadie sabe qué cuernos es lo que quiero ser; por lo tanto, todo tiene que ver con eso. Quiero avanzar y crecer, equivocarme y cagarla por igual. Pero, eso sí: que todo lleve mi nombre, que nadie deba preguntar quién hizo esto, quién arruinó aquello. Quiero, en fin, ser yo para mí mismo. Puede no parecerles un gran sueño emprendedor (como ganar el Pulitzer o montar un restaurante en París); y esa es, precisamente, la inequívoca señal de un buen comienzo.
lunes 30 de mayo de 2011
-0.2. Mi voz existe
30 de marzo. Mientras más PPKausas atraviesan mi camino, mejor me cae Humala. (A pesar de que voté por PPK en primera vuelta).
4 de abril. (Publicado como nota): ya, sin huevadas. si no quieres rateros ni políticos miserables; si no quieres asesinos ni dictadores; si quieres que algún día clasifiquemos al mundial, si quieres regalarle a tu vieja la casa que te has jurado regalarle, si crees que tu esfuerzo merece una mejor recompensa; si no quieres desayunar tantos atropellos ni muertes ni violaciones. si quieres todo eso, edúcate. y, cuando tengas la oportunidad, educa a quien venga detrás de ti. olvídate de las maestrías y los doctorados, eso viene después: edúcate y educa en el respeto, en el amor, en la responsabilidad, en la consciencia del otro. esas personas que nosotros escogemos para después culpar de todo lo que nos pasa, fueron niños alguna vez. por favor, entiende: ningún presidente te arreglará la vida. ninguno educará a tus hijos. ninguno hará tu chamba por ti.
5 de abril. (El video es una consulta que hizo Frecuencia Latina, Canal 2, a la población tras la disolución del Congreso en abril de 1992. Puedes verlo haciendo clic aquí). sabes qué jode? que ahora, casi veinte años después, la gente opinaría lo mismo: no hacen nada, cobran mucho, está bien que lo cierren. lo que demuestra que, primero, no tenemos la más peregrina idea de lo que significa vivir en democracia. y, segundo, que parecemos no entender qué mecanismo mágico convierte nuestros votos conscientes en congresistas inútiles y sinvergüenzas.
7 de abril. Creo que para bien, para mal o para terrible, va quedando claro que -sea quien sea el que gane- tendremos el presidente que nuestro país se merece. O, más precisamente, el que los electores merecemos. Es lo justo, al final.
8 de abril. (Con Mercedes Sosa de fondo). En algunos años, quienes vengan nos preguntarán dónde estuvimos nosotros. Ni las pulseras ni las fotos con logo representan un compromiso, chicos.
9 de abril. En un programa de televisión, hace un par de horas, una reportera le preguntaba a gente que pasaba por la calle: "Si gana el candidato por el que vas a votar, ¿cómo imaginas el Perú en cinco años?". Y las personas respondían: mejores sueldos, gobernantes honestos, otra realidad. Un país mejor.
Eso. Si tu voto es por quien tú crees que hará del país un mejor lugar para vivir, ve tranquilo. Estás haciendo lo correcto.
10 de abril (Elecciones Generales). Si a algún despistado se le ocurre pegar en mi muro alguna graciosa cadena que relacione ignorancia serrana = segunda vuelta con Humala, juro por todo lo que tengo que vida le faltará para terminar de arrepentirse.
11 de abril. ¿Cómo dicen los ciudadanos comprometidos con la democracia y el futuro del país?: 'Hagamos un llamado a la consciencia'. (Disculpen la extensión). Ahí va el último post de Nadie sabe mis cosas. (Bueno, el que iba a ser el último: -1. Salvemos la democracia (de gente como nosotros)).
12 de abril. Después del racismo sin disfraces (¡serrano de mierda, ignorante!) hemos pasado a un clasismo más bien compasivo, hasta piadoso: 'Chicos, ya no insulten, pues. Hay que entender que ellos son pobres y no tienen educación'.
¿Educación? ¿Qué no te quedó claro, al revisar tu página de inicio después de las elecciones, quiénes son los que no tienen educación, ni siquiera inteligencia?
13 de abril. (Reportaje en que varios alumnos universitarios responden a sencillas preguntas de cultura general, clic aquí para verlo). A partir del minuto 2:41, una breve antología de razones para creer, sin objeciones, en la juventud universitaria de Lima, que es culta, respetuosa y preparada. Que es educada, claro. Y que, no le quepa duda, sabía muy bien por quién estaba votando.
13 de abril. Absurdo. Violento. Aquello que se toma como gracioso por ser grotesco (y no por eso menos peligroso). Reciclado. Descerebrado. Intransigente. Payaso. Inútil. Injustificado. Desalentador. Macabra mezcla de todo eso es la virtual bancada fujimorista, aun sin Raffo.
14 de abril. ¿Qué cosa es emputecer una sociedad? En el prólogo de 'Conversación en La Catedral' (novela ambientada en la dictadura de Odría), Vargas Llosa dice lo siguiente: "Todavía peor que los crímenes y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida entera".
16 de abril. La gente no se equivoca. Traidor, resentido, miserable, soberbio, racista, aburrido, escandaloso. Todo eso es Vargas Llosa. Y, claro, Fujimori es el mejor presidente de la historia del Perú.
16 de abril. Natalia Molina cita el editorial de Caretas: "En estos días, y ante la disyuntiva electoral planteada, hay que recordar e insistir en que la Patria es más que la administración de su economía y el bienestar de sus empresas, por más vitales e importantes que sean para el desarrollo. Un país es historia, dignidad, cultura, identidad y sobre todo futuro". (El editorial completo, aquí).
18 de abril (cumpleaños de Mafer, mi hermana). "Como a muchos, no me agrada esta segunda vuelta. Pero les soy franco, al ver esta reacción asquerosa (la del racismo), el resultado me molestó menos. Los que gritaban su desprecio y superioridad eran los derrotados. En silencio, los pobres pusieron a sus dos candidatos favoritos en segunda vuelta, demostrando que en una democracia el voto es un arma poderosa en manos de la mayoría". (El artículo de Eduardo Dargent, aquí).
18 de abril. Señor empleado, empresario, joven promesa, estudiante, profesional, amada de casa, ciudadano de a pie: si crees que TU bienestar y TU progreso están en peligro, y andas amenazando con que te vas a ir del país en busca de algo mejor, no lo pienses más. No lo pienses más y lárgate. Lárgate apenas puedas. Que el lugar al que llegues te reciba mejor y te llene de oportunidades. Aquí, la verdad, nos estorbas un poquito.
18 de abril. Deberíamos hacer proyecciones de 'V de Venganza' en calles y plazas. A ver si seguimos creyendo que, mientras se mantenga el modelo económico y se 'garantice la democracia', no importa que nos gobierne una corte de criminales. (Pueden ver la película en línea -en Cuevana- haciendo clic aquí).
20 de abril (cumpleaños de Mayra). "El mal mayor es la legitimación a posteriori de una de las dictaduras más corruptas y sanguinarias que hemos tenido. Eso fue Fujimori. Todo el equipo de la hija de Fujimori es el equipo de cómplices de su padre. Votar por ellos es para que se abran las cárceles y los asesinos y ladrones pasen otra vez a gobernar. No lo voy a hacer". Vargas Llosa ha hablado. (Las declaraciones, aquí).
24 de abril. Carmelo y Manuela acaban de tener a Ramiro. Después de la alegría del nacimiento, Carmelo se enfrenta a la obligación de sacar adelante a su familia, en medio de la incertidumbre política y económica que se vive en su país. Una joyita del mítico álbum 'Maestra vida' (1980), de Rubén Blades. Escúchenla, por su bien. Y apliquen ese ejercicio mental que llamamos analogía. (Canción 'Déjenme reír (para no llorar)'. Ecúchala aquí).
24 de abril. no te engañes, amigo ex-ppkausa. no justifiques tu voto por fujimori diciendo que no tienes otra opción (tienes, a falta de una, dos opciones más). no digas que lo haces pensando en un mejor manejo de la economía (¿sabes qué efectos tiene la corrupción en los bolsillos de los más pobres?). que, en fin, lo haces para preservar la democracia (¿hablas en serio?).
24 de abril. "Si la violencia, las amenazas, los despidos, los chuponeos y la demolición de Vargas Llosa son un adelanto de lo que se viene, ¿ha cambiado el fujimorismo? Ya pues. No nos equivoquemos: el fujimorismo no ha regresado para limpiarse, ha regresado para vengarse". (el útero de marita alumbra). (El artículo de Marco Sifuentes, ocraM, aquí).
25 de abril. Dios tenga piedad de usted, cardenal. (Un excelente artículo de Luis Jochamowitz que leí hace años en Perú.21, léelo aquí).
28 de abril. (Un brevísimo video-documental que recoge testimonios de víctimas del conflicto armado interno. La canción de fondo es 'Desapariciones', de Rubén Blades. Clic aquí para verlo). Si esto vuelve a ocurrir, ¿a quién le echaremos la culpa? ¿Al Estado? ¿A estos serranos ignorantes (que no entienden que toda guerra tiene sus víctimas)? ¿A los terroristas? ¿Al que gane las elecciones? Y nosotros, ¿qué diremos de nosotros? ¿Que estamos concentrados respondiendo preguntas de cultura general para la televisión, buscando así mantener el gran prestigio que tienen los universitarios de la capital?
30 de abril. "Miro a mi hijo jugando con sus trenes mientras termino de escribir esta columna y se me encoge el corazón. Me encantaría asegurar su futuro que hoy luce incierto. (...) Pero sé que eso es imposible. Lo único que puedo hacer es ser consecuente. Si hoy le digo que nada de aquello en lo que creo importa, si le enseño que mis convicciones se moldean a la conveniencia del momento, con qué cara lo enfrentaré después". (Columna de Patricia del Río en Perú.21, completa aquí).
4 de mayo. "A mis hijas les he tratado de enseñar que la violencia combatida con violencia es como fuego combatido con gasolina. Que deben cumplir las reglas sin ensayar trampas. Que deben dar la cara por sus actos cuando las papas queman. ¿Cómo podría verles la cara tras votar por una candidata que representa a un gobierno que hizo lo opuesto a lo que he tratado de inculcarles?". (Artículo de Gustavo Rodríguez, aquí).
7 de mayo. Aunque yo votaré por Humala, no creo que él sea la solución. Creo, más bien, que yo lo soy, y que esto depende de mí. Y de ti, por supuesto: tú también eres la solución. Yo estoy votando por ti.
8 de mayo (Día de la Madre). Ni reformas urgentes ni cambio de la Constitución ni nada: lo que tenemos que hacer (y esto sí con carácter de urgencia) es pelear para que las niñas de nuestro país crezcan en condiciones que les permitan ser, algún día, mamás amorosas, abnegadas y ejemplares. Porque creo que todos concordamos en que, si hubiera más mamás como la nuestra, el Perú estaría mucho más cerca de ser el país con que soñamos.
9 de mayo. "Según los ladridos de la jauría, cada vez que Mario Vargas Llosa no transa con una dictadura, no perdona un crimen mayor, actúa guiado por la rabia y la profunda envidia que siente ante quien lo derrotó en unas elecciones en 1990, o sea, envidia por un criminal encarcelado que la justicia ha decidido mantener en prisión durante un cuarto de siglo por delitos comunes y delitos contra la humanidad". (El artículo de Gustavo Faverón, aquí).
10 de mayo. Traer a Hernando de Soto para que responda a Vargas Llosa (considérandolo un intelectual 'a su nivel') es, no sé, casi como enfrentar a Barney con Gokú.
11 de mayo. Soy profesor en dos aulas de secundaria (3º y 5º). Intento ser paciente e interesante, pero no me sale. Mis alumnos no guardan silencio, se distraen al toque, se burlan de todo. Sé que la solución está a la mano: amenazas, papeletas y citaciones. Pero me niego: quiero que me respeten, no que me teman. Quiero que piensen y decidan. Al final para qué, si el servicio militar se encargará de salvar a la juventud peruana.
11 de mayo. "Keiko Fujimori no le ha pedido perdón a nadie; su padre tampoco; su asesor Vladimiro Montesinos tampoco; ninguno de sus lamentables comafiosos lo ha hecho. Seguramente no lo harán jamás. Si un día lo hicieran, los peruanos responderán, si quieren. Unos aceptarán las disculpas y otros no (por mí, francamente, pueden irse al infierno, ya que no a todos hay cómo meterlos a la cárcel)". (Otra vez, Faverón, aquí).
12 de mayo. ¡No, no votes por Humala! ¡Es un payaso improvisado! ¡No respetará las libertades individuales, mucho menos la de expresión! ¡Cerrará canales y se apropiará de ellos! ¡Quiere quedarse mil años en el poder! ¡Hará lo que le dé la gana con el tesoro público!
Ah, manya, ¿ese no era Fujimori?
Fujimori, pues, ¿no te acuerdas? Ese que, según uno de los candidatos, es EL MEJOR PRESIDENTE DE LA HISTORIA DEL PERÚ.
12 de mayo. Ante la gran mierda en que se han convertido los medios tradicionales, vale la pena que Calle 13 nos recuerde para qué estudiamos Comunicación: "Yo estoy aquí para contarte lo que no cuentan los periódicos".
13 de mayo. En mi pueblo, a ese 'voto inteligente' del que tanto hablan, lo llaman inmoralidad.
14 de mayo. Una caja de leche Gloria, al que me traigaaa... ¡un congresita o técnico o asesor medianamente preparado (o medianamente inteligente) de las filas del fujimorismo!
15 de mayo. "Me alucina escuchar a jóvenes entre 19 y 30 años, que toman su combi y buscan chamba honradamente, hablar igualito a los terratenientes expropiados por la reforma agraria. Poner el pecho (o el voto, que es igual) para defender a Cipriani o Martha Chávez, me parece contranatura tratándose de un joven. Más si bastan 3 minutos en Internet para enterarse de sus prontuarios: menos de lo que dura una canción en YouTube". (La nota en Facebook de Eduardo Adianzén, aquí).
16 de mayo. ¿Quien vota por Humala quiere todo fácil? El que lo haga está obligado a no permitir que se frene el crecimiento del país; a garantizar la democracia y el respeto a la libertad; a cuestionar, criticar, fiscalizar y manifestarse. Nada de eso es fácil. Lo fácil es resignarse a ver, por televisión, cómo una corte de ladrones, asesinos y tarados, desmantela nuestro país durante 'cinco años más de lo mismo'.
miércoles 25 de mayo de 2011
-0.3. Para vivir varias veces (IV)
En esos huequitos de tiempo libre, entre buses y colas y salas de espera, he podido leer algunos libros. Lo que sigue es una lista de los 10 que más me han gustado (en realidad, faltan varios, que me obligué a omitir para no exceder la numeración). No digo que estos, con seguridad, te gustarán tanto como a mí. Puede que no. Pero también puede que sí, y eso es suficiente para sugerirte que les des (y te des) una oportunidad.
Si alguna vez los encuentras en un estante, y confirmas tu sospecha de que llevan años allí, sin abrirse, róbatelos: fueron escritos para leerse, no para adornar la casa. Y, como pagando tu culpa, préstalos cuando termines de leerlos. Corres el riesgo de perderlos, pero qué importa. Los buenos libros son como los buenos enamorados: al romper, no pueden quitarse lo que se dieron, porque no se trata de pulseritas o peluches, sino de algo que no puede tocarse. Eso, gracias al cielo, no se devuelve.
10. A sangre fría, de Truman Capote.
Uno de esos pueblitos calmados de Estados Unidos (como el Peru de Nebraska al que se fueron los embajadores de Marca Perú) amanece con la noticia de que uno de sus más ilustres vecinos, el señor Clutter (y toda su familia) han sido brutalmente asesinados en su propia casa. La novela es una extensa investigación sobre este hecho, sus causas y consecuencias. Capote, que para entonces era ya un periodista famoso, pasó cinco años entrevistando a los involucrados, revisando documentos, consultando a especialistas. El resultado fue un éxito: la crítica se rindió a sus pies, vendió innumerables ejemplares y su nombre pasó a la historia (A sangre fría inicia la literatura de no-ficción y renueva las técnicas del periodismo literario).
Cuando nos llega la noticia de un tipo que maquilló cuidadosamente a su víctima después de haberla asesinado a puñetazos, o de un tímido escolar que disparó contra sus compañeros de clase, nuestro rechazo es categórico (y distante): esas personas están enfermas y la sociedad necesita deshacerse de ellas. Este y otros argumentos similares pierden solidez cuando, después de la impresión que genera el escándalo, nos detenemos no solo en las causas del crimen, sino en los factores que formaron la personalidad de quienes lo cometieron. Humanizar a un criminal es un riesgo, porque pone a prueba el límite entre lo que debemos comprender y lo que podemos aceptar. Capote se atrevió a hacerlo y en ello se le fue la vida: sobrevivió a la novela, pero con dificultades psicológicas de las que no pudo recuperarse (después de leer, mira Capote, película dirigida por Bennett Miller).
Y claro que provocan esas historias donde el problema se presenta en la primera línea. Muerte constante más allá del amor, un cuento de García Márquez, comienza diciendo: “Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morirse cuando encontró a la mujer de su vida”. Los cuentos de Paz Soldán tienen, además de eso, un conjunto de argumentos cuya naturaleza, cuando menos, llama la atención: el amor sospechoso entre un padre y su hija adolescente, las retorcidas venganzas de un despechado, los límites incalculables de la mentira, etcétera.
Nuestra formación moral nos enseña a condenar las aberraciones: incestos, fetiches y perversiones sexuales, infidelidades. Lo que no nos enseña es a enfrentarlas. Peor aún: nos obliga a pensar que no existen. Pero sabemos que existen. Y creo que la curiosidad y la atracción por lo prohibido llevan, en algunos casos, a caer en ellas (siempre que no se trate de verdaderos problemas mentales). Todos tenemos un poco de perversos y truculentos. La literatura sirve para explorar, en un mundo sin perjudicados, esos caminos oscuros de los que nunca quisieron hablarnos.
8. Historia Universal de la Infamia, de Jorge Luis Borges.
El profesor Skinner, director de la escuela local de Springfield en Los Simpson, no es el verdadero profesor Skinner. Aquel tomó la vida de este al volver de la guerra (en la que ambos participaron). A pesar de las evidentes diferencias entre uno y otro, hubo un elemento determinante para que el engaño se produjera (y se mantuviera durante tantos años): la voluntad de la madre de tener a su hijo de vuelta. Algo similar ocurre con Arthur Orton, protagonista de El impostor inverosímil Tom Castro, uno de los cuentos de este libro. En él encontrarás de todo: personajes movidos por la necesidad de cumplir con su misión; mentira, traición y estafa; ancestrales códigos de honor, ingenio e inventiva. De todo, contado con una prosa que no volverás a disfrutar así nomás.
Este libro recoge historias reales que el autor ha deformado hasta convertirlas en pequeñas joyas. Los críticos dicen que, bueno, esta no es su gran obra, y tienen razón. Pero ten en cuenta que Borges es uno de los mejores escritores de todos los tiempos, y que este libro menor sería, sin problemas, el punto más alto al que podríamos aspirar quienes soñamos con dedicarnos a contar historias.
Borges vino a mí con dos libros en un solo tomo (el quinto de mi Colección de Literatura Latinoamericana de El Comercio): Ficciones y El libro de arena. Quise leerlos varias veces pero siempre renuncié, un poco decepcionado de mí mismo. Ahora me encantan. Y estoy convencido de que, en diez años, me gustarán muchísimo más. Si los encuentras abandonados en algún anaquel, llévatelos con confianza.
7. El lenguaje de la pasión, de Mario Vargas Llosa.
Cuando escucho frases equivalentes a "Vargas Llosa será un gran escritor de novelas, pero de política no sabe un pito", me queda claro que, quien las dice, ni siquiera ha tenido la suerte de leer sus novelas. Entonces, lamento la facilidad con que los medios inyectan prejuicios en la población, y la condición de no-leído-en-casa del autor peruano más celebrado a nivel mundial.
El lenguaje de la pasión es una recopilación de artículos escritos para el diario español El País (y sus publicaciones asociadas). Los temas son diversos: política, democracia, libertades individuales, corrupción, arte, cultura del espectáculo, etcétera. Antes de que me digas que no, que suena aburridísimo, termina de leer la reseña.
Debo reconocer que tuve este libro conmigo algunos años antes de leerlo, y que la reciente coyuntura política me ha llevado a él. Aunque los artículos recogidos fueron escritos entre 1992 y 2000, su actualidad es asombrosa. Creo que es de lectura obligatoria para quienes no aceptan el matrimonio homosexual y la legalización de las drogas, la eutanasia y el aborto. ¿Tienes argumentos para defender tu posición? Pues Vargas Llosa sí, y muy sólidos, para defender la suya. Es decir: si no estás de acuerdo con él, mostro. Pero, ¿por qué no estás acuerdo? Si puedes responder a esa pregunta con ideas y no con dogmas, estarás actuando por convicción, y no movido por prejuicios que heredaste y aceptas sin más.
Vargas Llosa ha recibido cientos de premios literarios, editoriales, doctorados honoris causa, reconocimientos de gobiernos e instituciones independientes por su trabajo intelectual y político. Cientos. Sin embargo, creo —como él— que el mejor premio que puede recibir es que lo leas.
6. Ética y Política para Amador, de Fernando Savater.
Como te habrás dado cuenta, me aburren los libros de autoayuda. No creo en la felicidad absoluta y menos en las recetas para alcanzarla. Detesto que me digan qué es lo que tengo que hacer, tanto como que me hagan imaginar mi vida con una estructura de novela mexicana: 99 capítulos de penurias y uno, siempre el último, en que soy feliz para siempre. No, gracias.
Sin embargo, sí creo que los libros ayudan a vivir. A quienes les funciona la autoayuda, perfecto. A mí me sirven las historias sin moralejas que no buscan inyectarte proverbios para que actúes como un robot: gracias a ellas, soy una mejor persona.
Ahora, si lo que quieres es aprender a vivir bien, no busques al que se ha llevado tu queso ni al alquimista que oculta un tesoro muy cerca de su casa. Revisa estos dos libros: Ética para Amador y Política para Amador. Mira, durante dos años estudié Filosofía en San Marcos, y obtuve los mismos resultados que en mis cursos de Trigonometría: no entendí ni mierda. Había excelentes profesores y alumnos acuciosos, pero yo no estaba listo para nada de eso. Estos libros no fueron escritos para círculos cerrados de humanistas, sino para personas como tú y como yo. Su autor, Fernando Savater, los escribió para su hijo Amador. Los ejemplos y las explicaciones son sencillísimos, y su lectura es fácil y entretenida.
Es casi una obligación que, después de leerlo, lo repartas por el mundo. No te lo digo yo, te lo dirás tu mismo. Es necesario que se entienda de una vez que nadie puede defender conceptos como los de dignidad, justicia, libertad y democracia, si ni siquiera tiene una idea remota de qué significan y para qué sirven.
La autoayuda, me parece, fracasa en un punto más: habla de ese espacio irreal en que, algún día, todos seremos hermanos caminando de las manos por infinitas praderas, deteniéndonos a disfrutar el aroma de las flores y respetando nuestras ideas, creencias y costumbres (que, por supuesto, se parecerán mucho entre sí); un planeta de teletubbies, más o menos. Y eso, gracias a Dios, no existe (ni es posible). Lo que tenemos es un mundo de cabeza, lleno de locos y fanáticos, lleno de ideas opuestas, indiferencia y estupidez. Eso tenemos, eso somos. Vivir aquí ya es bastante. Intentar hacerlo dentro de ciertas normas, respetando la libertad de los otros y persiguiendo un bien común debe ser lo más cerca que hemos estado de la felicidad. Pero no de la aburridísima felicidad-para-siempre, sino de la otra, la verdaderamente humana, que es una constante rebeldía contra lo que nos tocó en suerte.
5. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
Esta debe ser la novela que más veces he abandonado. Todo el mundo hablaba maravillas de ella (incluso quienes solo habían leído ese libro en su vida), pero a mí se me hacía complicada. Tomaba el libro y, a las dos páginas, lo devolvía a su estante. Así durante cinco años. Hasta que un día, en una sobremesa, mi abuela me contó su vida en Paita —el puerto del norte en que nació y creció— lleno de fiestas de tres días y de muertos que volvían a despedirse de sus hermanos. Entonces entendí todo.
Porque Cien años de soledad es también la historia de mi abuela y su familia. Cuando yo estaba muy pequeño, vino de Paita mi tío Miguel, hermano de mi abuela. Lo recuerdo sentado a la mesa de la cocina, su voz gruesa y persuasiva, contándonos sus aventuras a bordo de un barco ballenero, peleando con un capataz abusivo, dirigiendo un banco de casualidad. Yo lo quería, lo admiraba y esperaba, secretamente, ser tan valiente como él para vivir una vida parecida la suya. Mi tío enfermó poco tiempo después de visitarnos (estuvo a punto de perder una pierna) y ya no pudo viajar. Volví a verlo quince años después, cuando mi abuela murió y él vino para asistir su entierro. La noche de su llegada, cuando todos se iban a dormir, mi hermano Ángel y yo fuimos a su cuarto y nos amanecimos conversando con él. Tenía miedo de que su imagen mítica se desvaneciera (como ocurre con casi todos los recuerdos de infancia que se enfrentan al paso de los años). Pero no fue así: al escucharlo, sentí que todo lo que García Márquez me había contado tenía más sentido que nunca, que los personajes no eran puras invenciones y que, en verdad, existieron; que Paita fue Macondo y que por mis venas corre la sangre de los Buendía. Cuando me despedí de él, le regalé Cien años de soledad (la edición de Literatura Latinoamericana de El Comercio que yo había leído) y le dije que ese libro contaba su historia. Me agradeció y se fue.
Un sábado por la noche, cuando volvía de trabajar, me enteré de que mi tío Miguel había sufrido un pre-infarto y estaba internado en el hospital. No sé cómo, metieron un celular a su habitación y desde allí llamaron a casa. Todos hablamos un poquito con él. Yo fui el último. Mi tío me dijo que ya estaba mejor, que esperaba recuperarse pronto para volver a Lima y conversar conmigo sobre la novela, que le encantó (“esa magnífica obra que cuenta nuestra historia, Miguelito”). Dos días después llamaron a casa y nos dijeron que tío Miguel había muerto.
4. La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa.
Si me preguntas por qué no creo en los militares ni en las dictaduras, yo te diría que, en gran medida, es porque leí esta novela. Decir solo que es una gran película de acción es una mezquindad. Es, sobre todo, una explicación bastante didáctica sobre cómo los autoritarismos arruinan no solo la macroeconomía y la educación en democracia, sino la vida de sus gobernados —sean pobres o ricos, estén o no metidos en política, tengan o no un empleo público—, convirtiéndolos en seres silenciosos, convenidos y miserables. Es necesario leerla. Y, sobre cualquier cosa, es necesario no olvidarla nunca.
3. El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.
Creo que nadie se come el cuento de que una persona puede esperar a otra, durante medio siglo, solo para decirle que la ama todavía. En otros tiempos, quizá. En el nuestro las parejas no se esperan veinte minutos, ¿cómo soportarían cuatrocientas treinta y ocho mil horas? Quizá tiene que ver con la época, con que se trata de una ficción o, quién sabe, con falta de oportunidades. Creas o no en el amor para siempre (que suena tan de novela mexicana como la felicidad para siempre) puedo asegurarte no pensarás lo mismo cuando termines este libro.
El amor es ese tema sobre el que todo el mundo se siente con derecho a opinar. Así tenemos millones de canciones, poemas, películas y teorías psicológicas, biológicas y hasta matemáticas. En idiomas, culturas y tiempos distintos, todos estos testimonios y reflexiones se acercan o se alejan de nosotros de acuerdo a nuestra propia percepción del asunto. Algunos nos gustan en un momento determinado porque están de moda o porque dicen exactamente lo que nosotros queremos decir, pero después los abandonamos y, con el tiempo, los aborrecemos. A veces sus respuestas ya no nos satisfacen. El amor en los tiempos del cólera es mucho más que una canción del momento: es un homenaje a los amores confusos, sólidos, prohibidos, cómplices, sosegados, tramposos, salvajes, incomprensibles, incomprendidos, etcétera. Y es, también, una defensa de esos valores que las películas románticas suelen dejar de lado: la constancia sobre la fugacidad, la confianza sobre la sorpresa, la voluntad sobre los impulsos. ¿Puede ser apasionada (y apasionante) una historia que habla de dos viejitos que se pelean por el jabón del baño, o de un tipo feo y triste que distrae su soledad con amores provisionales? Es una buena pregunta. Y esta novela es su mejor respuesta.
2. Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro.
En algunos ejercicios de introspección, los orientadores te piden que no pienses en nada, que dejes tu mente en blanco. Un aplauso para los que han logrado ese nivel de concentración: yo nunca he podido. Yo siempre estoy pensando en algo. Generalmente son cosas sin sentido (como qué haría si tuviera un millón de dólares o cómo debo golpear una pelota para que se clave en el ángulo superior derecho del arco); pero, a veces, pienso cosas que me parecen interesantes, valiosas, útiles. A veces, como quien entiende tarde un chiste, estoy en el carro y pienso en la escena de una película cualquiera. Y entonces, meses después de haberla visto, descubro un detalle que había pasado por alto, y que ahora cambia el sentido de la película completa. ¿Me entiendes? Algo así, elevado a la millonésima potencia, son las Prosas apátridas. A veces Ribeyro estaba escribiendo un cuento o un artículo o su diario, y de pronto se le ocurría una cosa interesante, que no le servía para lo que estaba haciendo, y la anotaba en una hoja aparte. Así acumuló, durante años, varios textos breves que no eran ficción ni ensayo ni poesía. Por eso se llaman apátridas: no tienen patria literaria.
Si alguna vez he tenido un libro de cabecera, es este. En sus páginas se habla del amor, el sexo, la educación, la infancia y varios hechos aparentemente irrelevantes, con una profundidad que, ahora, ni siquiera tenemos con nuestros grandes problemas. No es un manual de máximas y refranes mongos, ni siquiera es un libro de certezas espirituales. Es, como dice Ribeyro de su propia vida, un inventario de enigmas. A mí me sirvió para confirmar mi admiración por este hombre tan parecido a sus personajes, tan flaco y tan fumador y tan fino, tan jodido, tan marginal y tan brillante. Y también para convencerme de que todo lo que veo, leo, escucho y siento es motivado por engranajes que no puedo descubrir así nomás; que debo forzarme a conectar ideas, y que pensar no es sinónimo de saber, sino de dudar.
1. Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa.
En relación a esta novela, conozco a tres tipos de personas: los que no la han leído, los que no la han terminado y los que la consideran en el top 5 de libros que se llevarían a una isla desierta.
Su construcción es una patada al cerebro, y no por lo difícil sino por lo genial. Hay una conversación matriz: la de Zavalita y Ambrosio en el bar La Catedral. A esta se suman otras conversaciones, monólogos interiores, narraciones convencionales. No, no se suman: se infiltran. Todo ocurre a la vez. A diferencia de una telenovela, en que tienes el apoyo de la imagen, aquí nadie te avisará que estamos cambiando de escenario, de tiempo o de personajes. Tienes que estar atento. Los diálogos de una conversación forman parte de otras conversaciones (como en la escena en que Fiona y Shrek bajan de la cebolla-carrosa y van al encuentro de los reyes). Hacer esto ahora, con computadora y cut & paste, sigue siendo difícil. Hacerlo en los años sesenta del siglo pasado, con máquina de escribir y a lo largo de setecientas páginas, no sé, es cosa de héroes.
Como en La fiesta del Chivo, esta también es la historia de una dictadura. Conversación en La Catedral se ambienta en el Ochenio de Odría. Pero en este caso Vargas Llosa omite la figura del dictador, que no es sino un personaje referencial: no participa de ningún diálogo ni aparece en escena. Sin embargo, su presencia se manifiesta en todos los sectores del poder y de la población que abarca la novela (es considerada “la gran novela social del Perú”). La idea es demostrar que un gobierno autoritario no afecta solo a los que se relacionan con su cabeza visible, sino a todos los que lo padecen. Obreros, desempleados, intelectuales, pobres y ricos se acomodan para vivir entre la mierda, haciéndose los desentendidos o buscando su conveniencia, corrompiendo sus códigos morales y la educación de sus hijos, “envileciendo la vida entera”. No se trata de que un abuso me concierne en tanto afecta a quienes quiero o a mí mismo, sino que al conocerlo y no hacer —o no poder hacer— nada contra él, ya me estoy pudriendo.
Aquí también se cuestiona nuestra manera de ser y de ver el mundo como peruanos. Es cierto que no todos pensamos igual, que cada uno ve qué hace con su vida, pero también es cierto que nuestro país tiene una historia propia y que nosotros formamos parte de ella. Y si nosotros somos tan distintos, ¿por qué siempre volvemos a lo mismo? ¿Por qué siempre nos traicionamos? ¿Por qué observamos espantados las páginas de los libros de historia y, al poco tiempo, repetimos lo que habíamos condenado? Zavalita, el protagonista de la novela, se lo pregunta así: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. ¿Nos jodimos nosotros? ¿Es el Perú el que está jodido sin remedio? ¿Por qué, cuando todo parece ir mejorando, nos arrepentimos? Ese pesimismo es también un reto: a ver quiénes se atreven a darle la contra.
Vargas Llosa es uno de ellos. Nada me deprime tanto como la comparación entre los días posteriores al Nobel y lo que está ocurriendo ahora. En serio, no lo entiendo. ¿Cómo puede pasar de ser el peruano más representativo a un imbécil resentido que lo que quiere es vengarse de un país que siempre lo ha menospreciado? Estas semanas he escuchado y visto de todo: que es racista y nos odia porque somos cholos y brutos, que sus novelas no se comparan a las de otros grandes, que es contradictorio y traidor. Y, lo peor, es que esos comentarios no vienen solamente de la masa que internalizó toda la basura que Fujimori ordenó lanzar contra Vargas Llosa, sino de gente inteligente y preparada, que ha tenido la oportunidad de leerlo y seguir su carrera. Si escuchas alguna cosa así, no te dejes engañar. Pregúntale a quien te lo diga dónde es que Vargas Llosa nos insulta, dónde nos desprecia, dónde nos traiciona. Algunas cosas parecen ya no tener importancia. En este momento, en el que todo el mundo dice preocuparse por la estabilidad del país, Vargas Llosa ha salido a defender principios. En vez de quedarse en España y seguir siendo allá el semidiós que es, ha venido aquí a que le saquen la mierda los mismos que hace unos meses se cansaban de celebrarlo. Eso, claro, es resentimiento: un hombre que ha pasado años investigando sobre nosotros, que escribe y habla —y ha hecho mundialmente conocida— nuestra variante local del español; que ha recibido, además del Nobel, cientos de premios y reconocimientos; un hombre cuya obra literaria, sea o no de ficción, es un compromiso consigo mismo y con la libertad (conceptos con los que se puede —y, a veces, se debe— discrepar); que tiene los cojones para decir lo que piensa aunque se gane antipatías y odios, un hombre así solo puede venir aquí por resentimiento. Resentimiento porque el exitoso y honesto y probo candidato que lo derrotó en las elecciones presidenciales está ahora preso por ratero y por asesino, resentimiento porque el pueblo no lo eligió (lo que le permitió seguir viajando, leyendo y escribiendo, y dedicarse a lo que más le gusta hacer en la vida). Cuando todo esto llega a mí, yo me siento más Zavalita que nunca.
Nota final:
Lamento no haber incluido libros que sé que existen y que todavía no he leído. Me hubiese gustado recomendar a Auster, Murakami, Kawabata, Storni, Marías, tanto como algún libro de la saga de Harry Potter (las películas me fascinan) y El señor de los anillos. En fin, si los has leído y te han gustado, no te canses de decirlo. Yo conservo dos esperanzas: la primera es que hayas llegado hasta aquí, lo que ya es un triunfo. Y la segunda es haberte animado a leer cualquiera de estos libros. Si lo consigo, podré tenerle menos miedo a la muerte.