Es cuestión sorprendente observar cómo se vuelve uno más frugal y complaciente consigo mismo a medida que asume más responsabilidades y gana más dinero. Ese dinero servirá para desaparecer temporalmente algunas deudas (que no tardarán en volver) y algunos gastos menores como la pensión de la universidad, el recibo de internet, los pasajes y la comida. Las fiestas cansan, las discotecas aturden, las cenas importantes aburren. No hay televisor y se dispone de la computadora a partir de la medianoche (tecleando despacio y sin hacer bulla con los pies). Los almuerzos de la familia extensa, que antes mejoraban el ánimo, ahora pueden desahuciarlo. Esas cosas ya no interesan, en realidad. El hombre maduro ha encontrado las manifestaciones de lo Trascendente y se recocija no sólo en ellas sino en el montón de idiotas que, teniéndolas tan cerca, no han podido descubrirlas todavía. El dinero, la agenda recargada y la cantidad de amigos circunstanciales son distractores. Las comidas, las fiestas, los viajes, esas ya son alucinaciones. Los verdaderos placeres del hombre maduro son aún todavía más sublimes (y módicos). Se cuentan entre ellos, por ejemplo, que los audífonos del reproductor Mp3 no se malogren a media canción. También podemos mencionar los quince o veinte soles que uno se gasta apenas recibe el sueldo: helados grandes, hamburguesas, empanadas. El hombre moderno, contemporáneo, aspira a lo verdaderamente bueno, a lo bueno en sí. Llegar a clases y recibir la noticia de que un profesor se enfermó y no podrá venir y tu podrás ir a casa y dormir, exactamente, una hora y veinte minutos más. Hacer una pausa entre el trabajo y la universidad, llegar a casa y quitarte los zapatos (que, de otro modo, ahogarían tus pies durante dieciséis horas seguidas). Comer caliente, humeante, servido directamente de la olla. Quedarse, por algún inexplicable motivo, todo el día en piyama. Encontrar buses con asientos disponibles y, mejor aún, con asientos disponibles cuyos respaldares permitan dormir durante cualquiera de los viajes diarios. Bañarse a tiempo, cagar tranquilo y sin presiones. Conjunto de pequeños triunfos que arrastran a los hombres contemporáneos al fin de semana, a la quincena, al fin de mes. Y así. Así.